

Diciembre es uno de los meses más movidos del año. Entre reuniones, fogones, luces navideñas y visitas inesperadas, la casa cambia por completo… y con ella, los riesgos.
Por eso, dedicar 30 minutos a crear un plan de emergencia familiar puede marcar la diferencia cuando algo no sale como se espera.
La idea no es complicarse con protocolos. Es tener un esquema claro para que todos sepan cómo actuar, dónde salir y dónde encontrarse sin caer en el caos.
El primer paso es mirar la casa como si fuera nueva. ¿Dónde están los puntos sensibles? La cocina siempre es protagonista; las luces navideñas, si no están en buen estado, también. Los enchufes que viven sobrecargados, las bombonas cerca del calor, los pasillos llenos de adornos… todo eso suma riesgo. Lo importante es que la familia entienda qué zonas requieren más atención sin necesidad de alarmismo.
En una emergencia, las personas tienden a improvisar. Eso suele salir mal.
Basta con acordar dos salidas posibles —la principal y una alternativa— y asegurarse de que estén despejadas. Luego, elegir un punto externo donde todos se reunirían automáticamente: la entrada del edificio, un árbol cercano, el estacionamiento. La regla más importante: nadie regresa por nada.
Cada persona en casa —sin excepción— debe saber dónde está el extintor, cómo usarlo y cómo cerrar la llave del gas si ocurre un escape. La prevención no se basa en tener equipos, sino en saber utilizarlos sin dudar.
No necesitas dramatizar ni hacer simulacros. Basta con repasar el plan una vez: señal de salida, recorrido, punto de encuentro. Si la familia lo hace una sola vez, ya lo tiene integrado.
Un plan de emergencia familiar no quita magia a diciembre ni genera miedo. Hace lo contrario: da tranquilidad.
Es un ejercicio de organización que se hace una vez y te acompaña todo el año. La seguridad en casa no es un lujo ni una exageración: es parte del cariño con el que cuidamos a los nuestros.


